viernes, 6 de agosto de 2021

LA MOTO Y YO (Memorias de un motorista aficionado). 1ª Parte

 

Escribiendo ésto, pretendo plasmar en un papel (y también en este blog) mis vivencias en moto, sobre todo con el fin de que no se me vayan olvidando, pero también, por si hay alguien que le interese, pueda conocerlas. En conversaciones con amigos y familiares he ido contando muchas de esas batallitas y me daba cuenta de que seguían los relatos con interés y que según las relataba me iba acordando de más; debe pasar como con los chistes que se cuentan en grupo.

Como veréis si aguantáis hasta el final, estas memorias no son las andanzas de ningún aventurero empedernido ni los logros de un empedernido piloto de motos, pero las he querido contar antes de que se apodere de mi cerebro esa enfermedad de cuyo nombre no quiero acordarme y que tiene una "H" intercalada y que mis hijas, hijo y nietas comprendan por qué me sigue apasionando el mundo de la moto y del motor en general.

Esto es sólo una parte de mi vida; no creáis que soy un frívolo por hablar solo de cosas más o menos banales de mi existencia. Por supuesto que otras facetas de la misma como mi vida sentimental, familiar o laboral, han sido y son mucho más importantes para mí. Pero hablar de este aspecto de mi vida, más banal si queréis, como es la afición o más bien pasión por la moto, me resulta más fácil y puede que también sea más atractivo para el que lo lea. Así que me puse a escribir…

LOS COCHES CREO QUE ME GUSTABAN ANTES

Desde que tengo uso de razón, la moto ha estado presente en mi vida, pero han sido los coches los que han centrado mi afición desde pequeño. En mi familia siempre ha habido coches, como para no haberlos… siendo mi padre el fundador de la primera autoescuela que hubo en Cádiz. Y la fundó cuando yo apenas tenía tres años, así que en mis primeros recuerdos siempre ha habido un automóvil.

Mi padre (izquierda) con el primer coche de la Academia San Cristóbal



Ahí estoy en un Rally de coches antiguos que organizó mi padre

Por supuesto que me gustaban las motos. Cuando veía pasar una de las escasas motos que había en Cádiz cuando era un niño, se me iba la vista detrás. También al verlas estacionadas me quedaba contemplándolas. En mi niñez, viví una de las épocas doradas de la moto en España. Había muchísimas marcas de motos y algunas muy importantes, Montesa, OSSA, MYMSA, ROA, Peugeot, Sanglas, Vespa, Lambretta, Lube, Sanglas, Ducati, etc. Incluso Viví, sin ser consciente de ello, el nacimiento de Bultaco. Me gustaban mucho las Ducati y ese detalle de poner la cilindrada en la parte alta del motor... lo veía de categoría y por no hablar de su sonido. Por si fuera poco, mi padre estaba muy relacionado con el Moto Club Gaditano y también con el Vespa Club e incluso fue representante en Cádiz de la marca MYMSA y de las motos Peugeot, por lo que con cierta frecuencia había motos en casa. Incluso nos llevaba a toda la familia a ver las carreras que se organizaban en Cádiz, Algeciras o Jerez. 

Recuerdo algunas de ellas como una “gynkana” en la plaza de toros de Cádiz o una carrera de motos en Algeciras que vimos debajo de la tribuna de tubos y por supuesto en Jerez. Desde muy niño y por los comentarios que escuchaba, ya distinguía en las carreras, por su sonido, las motos de cuatro tiempos de las de dos tiempos. Estas últimas eran más ligeras y rápidas, pero las otras eran más poderosas y pesadas, más o menos como aquello del mastín y el galgo. ¿Cómo era?  ¡Ah sí! “Más corre el galgo que el mastín… pero si el camino es largo, más corre el mastín que el galgo”.

MIS PRIMEROS VOLANTAZOS

Sin embargo, aprendí o, mejor dicho, mi padre me enseñó antes a conducir un coche que una moto (bueno, también creo que es lógico para un niño, máxime cuando en aquella época no había motos infantiles) y eso me llevó a entusiasmarme antes por el volante que por el manillar. Tenía ocho años (en 1960) cuando conduje por primera vez y me refiero a manejar no sólo el volante sino a utilizar los pedales y la palanca de cambios. Fue con el Renault Dauphine matrícula CA-20802 que tenía mi padre para la autoescuela y lo llevé desde el cruce de El Berrueco en la carretera de Chiclana a Medina hasta la Venta El Pájaro en el mismo centro de Chiclana, pues antes las carreteras pasaban por el centro de los pueblos. Recuerdo que adelantamos a una Lambretta en la que iba una pareja. Imagino la cara de ambos al ver el coche conducido por un niño que miraba por debajo del volante y que tenía la osadía de adelantarlos. Bueno, osadía la de mi padre…

Se puede decir que yo aprendí a conducir mirando. Me gustaba mucho ver manejar y afortunadamente tuve un buen modelo donde fijarme pues mi padre conducía de maravilla y con una gran suavidad y además le gustaba correr, cosa que me encantaba. 

Desde muy pequeño, hablo de los años '50 del siglo pasado, en los viajes familiares de Cádiz a Medina del Campo, me ponía de pie tras los asientos delanteros, en el centro mirando la carretera y los movimientos de mi padre con las manos y pies o, ya sentado, me gustaba ir mirando los mapas de carreteras y viendo por dónde íbamos.

De viaje en el 600

Luego con apenas nueve o diez años me dejaba conducir, incluso el Seat 1400 C matrícula CA-24801 que me parecía enorme y se empeñaba en que también lo hiciese con suavidad y sin tirones y creo que lo consiguió. Bueno, debo decir que mi padre fue un gran modelo para mí, no sólo conduciendo.

LA BICI, UN PASO PREVIO A LAS MOTOS

Un poco antes de aquella experiencia al volante, mis padres me regalaron una bicicleta y con ella aprendí a usar un manillar y a aguantar el equilibrio, aunque no se podía decir que fuese un virtuoso de las dos ruedas ni mucho menos; mi hermano Jose, al que trataba de imitar durante mi niñez, como decía mi admirado Serrat, tenía más facultades innatas para ello. Eso sí, voluntad le ponía y estuve los primeros días intentando montar por el pasillo de casa, con gran disgusto de mi madre al ver unas cuantas macetas seriamente dañadas. 

Años después (sobre 1967) y varias bicicletas más tarde, tuve la fortuna de poseer una “de carreras” con la que ya me gustaba hacer excursiones con los amigos, sobre todo con Antonio, por carreteras cercanas a Cádiz. Incluso en algunas de esas excursiones nos quedábamos a dormir con la tienda de campaña en sitios como la playa de La Barrosa o Cabo Roche. Esa afición por las excursiones la mantuve más tarde con las motos, pero no adelantemos acontecimientos.

En una carrera de bicis en el colegio

PRIMERA EXPERIENCIA EN MOTO

Creo que la primera experiencia con una moto (bueno, un “velomotor” como se llamaban entonces) fue con unos 12 años en un patio ajardinado no demasiado adecuado para un principiante. Allí estaban mi hermano Jose y su amigo Ramón, el poseedor del entonces maravilloso (y altísimo para mí) velomotor GAC- Mobylette y también su hermano Luis.

Una Mobylette como la de mi primera experiencia


Ramón y Luis eran hijos de Teo y Pilar, también muy vinculados al mundo de la moto y que, al igual que mis padres, tenían cuatro hijos y ambas familias hacíamos juntos excursiones e incluso viajes largos con cierta asiduidad y a muchas de las carreras de las que cité antes, asistíamos todos.




Las dos familias y los coches respectivos, en Despeñaperros


El caso es que aquella primera experiencia no me dejó buen sabor de boca, pues me tragué una de las jardineras que había en el patio y, lo que es peor, los hierros que la delimitaban, al no poner muy de acuerdo el puño de acelerador y los frenos. Así que decidí dejar aparcado mi intento de pilotar una moto para una mejor ocasión con gran contrariedad de mi hermano. Creo que ya no fue hasta los catorce años, con otra Mobylette, de un repartidor de un “refino” cercano a casa, cuando volví a montar en una moto. Unos amigos y yo se la pedíamos prestada con la condición de devolvérsela con el depósito lleno, aunque en alguna ocasión gastábamos más gasolina de la que echábamos, con el consiguiente cabreo del propietario.

Un poco más tarde, iba con Antonio u otro amigo al garaje donde estaban guardadas las motos de la autoescuela de mi padre y cogíamos una Moto Guzzi Lario 110 o una Vespa 125 y dábamos vueltas por Cádiz (supongo que esos “delitos” habrán prescrito ya…).

MI PRIMER CARNÉ DE CONDUCIR

Esos kilómetros que hice con las motos de la autoescuela me sirvieron para obtener fácilmente a los dieciséis años mi primer carné de conducir, el Permiso A-1, con el que podía conducir motocicletas hasta 75 c.c. (En la actualidad el A-1 permite hasta 125 c.c.).

Había que hacer un examen teórico que era el mismo que se hacía a los dieciocho años para el carné de coche y de motos “grandes”, por lo que ya no tendría que hacer ese teórico nunca más. También había que hacer el examen práctico entre los palos en una pista lo que, aparte de los nervios propios de la edad y de la situación, no me supuso mucha dificultad. Eso fue en el mes de julio de 1968, recién cumplidos los 16 años. En los meses posteriores seguía “practicando” con las motos de la autoescuela hasta que finalmente me regalaron mi primera moto.

Pista de prácticas donde me examiné del carnet A-1


POR FIN MI PRIMERA MOTO, LA VESPA 75 C.C.

Desde que saqué el carnet y ya con el título de Bachiller Superior en el bolsillo, estuve "dando la vara" a mi padre para que me regalara una moto. No quería un ciclomotor (recuerdo que acababa de salir al mercado el Vespino), lo que yo quería era una moto sin pedales y en la que pudiera llevar un pasajero o mejor una pasajera. Ese curso estaba en Preu y había algunos compañeros que tenían ciclomotores como Torrot, Mobylette, Derbi y un par de ellos tenían sendas Vespa 50. A mí me gustaban la Derbi 75 Gran Sport c.c. y también la Bultaco Lobito de la primera serie (la amarilla aún no había salido) pero mi padre no estaba por la labor y pensaba regalarme una Vespa 75 c.c. que tampoco estaba mal, pero era difícil de encontrar por aquel entonces. No era como ahora, que da gusto ver esas tiendas de motos llena de modelos para todos los gustos y para practicar todas las facetas del motociclismo. 

Entonces, hablando de motos que se podían conducir con 16 años, en Cádiz estaban el concesionario Vespa y también Motos Castro donde se vendían los ciclomotores Torrot. También estaba Moto Sport que era el antiguo concesionario de Lube y que tenía alguna moto de esa marca ya desaparecida entonces, pero descatalogados y antiguos. También algunos talleres te podían traer alguna moto a través de algún concesionario de Jerez, pero yo no lo sabía. Con mi impaciencia por tenerla ya, le dije a mi padre que me conformaba con una Vespa 50 que había en el concesionario, pero él me convenció para que siguiera esperando a que llegara la de 75 porque merecía la pena. Finalmente, después de tres meses de espera, en la Navidad de 1968 llegó una flamante Vespa 75 al concesionario de Cádiz que sería para mí. Y la verdad, mereció la pena.

Posando feliz con la Vespa 75

Los primeros días no paraba de montar en moto, como en Preu sólo teníamos clase por las mañanas, me pasaba las tardes dando vueltas. Recuerdo que con los cinco litros que cabían en el depósito, hacía 150 kilómetros y tenía que repostar un día sí y otro no. Menos mal que, gracias a la generosidad de mi padre, iba a la gasolinera y firmaba un vale que después se lo cobraban a él. Así, sobre todo al principio, hacía unos 2.000 kms mensuales a pesar de que era invierno y tenía clases. (Así me fue al final de curso...). Incluso a finales de enero (creo que hubo un puente por Santo Tomás de Aquino) organicé una excursión con tres amigos del colegio, que tenían Torrot, a dormir en Alcalá de los Gazules con una tienda de campaña. No paró de llovernos y hasta se nos inundó la tienda, pero ello no fue impedimento para nuestra aventura, tan sólo una incomodidad. Incluso nos dimos muchas vueltas por carreteras y caminos de alrededor de Alcalá, con parada por parte de una pareja de la Guardia Civil a Caballo, incluída. Estaba claro que no quería la moto sólo para pasear con mi novia por Cádiz… mis “metas” viajeras eran más altas.



Así que, cada vez que podía, bueno en los fines de semana, me iba de excursión por la provincia y en verano iba de camping con Antonio y otros amigos (que iban en tren) a distintas playas de la provincia. En una ocasión, al pasar por el centro de Chiclana para ir a la playa de La Barrosa, iba sin camisa porque hacía mucho calor (creo que entonces le tenía puesto a la Vespa un parabrisas) y el policía municipal que regulaba el tráfico en el cruce de “El Pájaro” me paró y me dijo: “¿tú qué te crees, que estamos en Nueva York?” y ante mi extrañeza añadió: “ponte la camisa si no quieres que te multe”. ¡Cómo cambian las cosas!...

También fuimos Antonio y yo a ver una carrera a Jerez por primera vez de forma “autónoma” o sea por nuestra cuenta. Y no fue una carrera cualquiera, sino el Premio de la Merced al que acudía Ángel Nieto por primera vez como Campeón del Mundo de 50 c.c. con Derbi. A partir de ahí tampoco falté a las carreras de Jerez.

En mayo de 1970 se celebró en Cádiz el Rally Carranza (de coches) y como conocía el rutómetro, me fui con Antonio a recorrerlo. También venía su primo Luis, al que conocía desde pequeño en el colegio, con su Vespa 50 (no recuerdo quién llevaba de “paquete”). El Rally constaba de más de 200 kilómetros con una parte del recorrido por carriles de tierra, con lo que era una buena paliza para nosotros y nuestras sufridas Vespitas. Lo cuento porque después de aquello Luis se fue de Cádiz durante bastantes años y perdimos el contacto. Sin embargo, hace unos cuatro años que volvimos a reunirnos y con nuestras motos actuales salimos prácticamente todas las semanas con los Moteros Jubiletas e incluso hemos hecho viajes largos (de varios días). Pero no adelantemos acontecimientos.

VESPA, UNA MOTO PARA TODO

Con la Vespa rodé unos 50.000 kilómetros en los poco más de tres años que la tuve, haciendo como digo buenas excursiones, pero también la utilizaba para hacer “motocross” y lo que hiciera falta. Recuerdo los recorridos que hacía por “Las Canteras” de Puerto Real en los que mis amigos se turnaban de “paquete” para ver quién aguantaba más tiempo sin acojonarse, dando saltos y derrapadas. Ahora lo recuerdo y me parece imposible y también una locura.

No se me puede olvidar un viaje que hice a Sevilla para estar con Rita, mi novia, que pasaba las Navidades y el Fin de Año 1969 en la casa que tenían sus padres en la capital hispalense. Con gran convencimiento por mi parte (no exento de algo de chulería propia de la edad y del enamoramiento), le prometí que el día 2 de enero iría a verla. Cuando levanté la persiana por la mañana no me lo podía creer… llovía a cántaros. Ello no fue "óbice ni cortapisa o valladar" (como decía un profesor que tuve) para que no cejara en el empeño de ir a Sevilla ¡no le podía fallar!. Incluso mi madre, viendo mi determinación para salir con la moto, no puso gran impedimento y en un momento que escampó el chaparrón salí hacia Sevilla. Como era de esperar no dejó de llover en todo el trayecto y recuerdo dos detalles: una parada en una venta cerca de El Cuervo para tomarme una copa de ponche (tenía 17 años) y que al llegar a Sevilla paré en el primer semáforo de La Palmera y me puse a escurrir los guantes ante el asombro del conductor del coche que estaba a mi lado. La indumentaria que llevaba era poco motorista y sobre todo inadecuada para un día como aquel: un anorak, guantes eso sí, zapatos y unos pantalones de pana negros recién estrenados que por supuesto estaban empapados. Por supuesto de casco, nada.

Había quedado con Rita en la Plaza de San Francisco y allí estaba ella puntualmente cuando llegué. Nos fuimos enseguida a un bar y entré rápidamente al servicio para secarme algo y entonces vi que tenía las piernas y los calzoncillos totalmente negros… porque la pana había desteñido, menos mal que no se notaba. Gracias a la calefacción del local y al buen rato que pasamos allí pude secarme y afortunadamente cuando Rita tuvo que regresar a su casa no llovía y la llevé en la moto. Cuando llegamos, estaba su cuñado en la puerta y me dijo que subiera. Debo aclarar que nunca había subido a casa de mi novia y tampoco había hablado con sus padres, por lo tanto, aquella iba a ser mi presentación en familia… y con aquella pinta. Subí y allí estaban no sólo los padres de Rita sino también sus abuelos además de la hermana de Rita y el cuñado. Aparte de llamarme loco por haber viajado en la moto un día así, creo que les caí bien e incluso mi futuro suegro me dio el plástico con el que venía envuelta el frigorífico que acababan de estrenar para que me sirviera de impermeable en el viaje de vuelta. Así que le hice un agujero por la parte de arriba para sacar la cabeza y me lo puse (pero en la calle). Y la verdad es que me sirvió y lo traje puesto hasta Cádiz.

Más adelante, cuando estuve estudiando en Sevilla, también utilizaba la Vespita para ir los fines de semana a Cádiz pero el viaje resultaba un poco penoso, sobre todo cuando volvía de noche, por lo que lo alternaba a veces con el autobús.

Pero el mayor viaje que hice, también con Antonio, fue a Madrid, bueno al circuito de El Jarama en la carretera de Burgos, a ver una carrera de coches. Esta “batallita” la he relatado en este mismo blog. Pinchando aquí la podéis leer: De Cádiz al Jarama en Vespa 75

Un descanso en Despeñaperros en el viaje al Jarama


Cuando cumplí los dieciocho saqué el carné de coche y por supuesto el  “A” que me permitía conducir cualquier tipo de motocicleta por lo que ya la Vespa me resultaba pequeña. No tuve que darle mucha lata a mi padre para que me comprara una moto más grande y después de tres años de feliz propietario de la Vespa llegó esa nueva moto.

Continuará...


jueves, 5 de agosto de 2021

LA MOTO Y YO (Memorias de un motorista aficionado). 2ª Parte

MI PRIMERA “GRAN MOTO”: LA MONTESA TEXAS 175 

Cuando ya vi que la compra de una nueva moto podría ser inminente, empecé a buscar una que le convenciera a mi padre. Me dijo que como máximo fuera de 125 cc y yo pensaba que con esa cilindrada correría prácticamente lo mismo una de “Todo Terreno” que una de carretera y sin embargo un modelo “campero” me permitiría un uso más variado y divertido, por lo que me decanté por una Bultaco Lobito 125 de la 2ª serie, o sea las amarillas. Pregunté en el Concesionario Bultaco de Jerez y no estaba “ni se la esperaba”. También pregunté en Sevilla, donde estaba estudiando, y tampoco me daban esperanza de que les llegara. Incluso escribí a la propia fábrica y ni siquiera me contestaron, por lo visto estaban muy atareados en la producción de motos para los Estados Unidos y no se ocupaban mucho del mercado español. 

Y de otras marcas tampoco había modelos de esa cilindrada que me gustasen, así que cuando ya estaba un poco desesperado, vi una Montesa Texas 175 en el Concesionario Oficial de Jerez que, aunque ya era un modelo descatalogado, me gustaba bastante pero… era de 175 cc. Convencí a mi padre de que a pesar de su cilindrada no corría mucho y que costaba casi igual que la Lobito, su aspecto y sobre todo su envergadura eran similares y además ¡estaba allí! Así que me la compró.

Rita posando con la recién estrenada Texas 

De hecho, hablando del aspecto de la Texas, en los primeros días que la tuve y paseando con Rita por Cádiz me paró un Policía Municipal para decirme que en esa moto no podían ir dos personas… ¡pensaba que era un ciclomotor! Luego, cuando vio la matrícula se dio cuenta, pero menudo chasco que me llevé… y yo que pensaba que iba en una gran moto. Supongo que la confundiría con una Montesita 50 que llevaba el mismo depósito. Realmente se veía pequeña junto a una Matador, pero no era para tanto y si no, a las fotos me remito. Pese a todo, al principio pensaba que no podría hacer las mismas cosas que con la Vespa (me refiero a tomar las curvas y otras "virguerías" que hacía con el escúter) porque la veía grande y potente pero a los pocos días esa sensación desapareció.

La Montesa Texas la estrené en Semana Santa de 1972 y después de las vacaciones me la llevé a Sevilla donde estaba estudiando. En el primer viaje que hice de Cádiz a Sevilla, aún en rodaje, por el camino me encontré con un R 8 en una gasolinera al que acababa de adelantar y su conductor se quedó mirando a la moto y me dijo “como corre”, lo que me sorprendió porque no me daba la sensación de ir “pegándole”. Y en el segundo desplazamiento de Cádiz a Sevilla, de noche, fui por la autopista para probar y se fundió, primero la luz larga y luego la de cruce. Entonces me puse detrás de un coche que me había adelantado para poder ir con más seguridad, pero su conductor se debió mosquear porque aceleró y me dejó vendido y a oscuras. Y así, intentando “engancharme” a los coches, llegué a Sevilla donde un Policía Municipal me paró por ir sin luces y tuve que ir empujando la moto hasta la residencia donde estudiaba. Si le llego a decir que venía casi desde Cádiz a oscuras… 

En la residencia estudiantil trabé una gran amistad con Alfonso, magnífico fotógrafo y mejor persona con el que hice bastantes excursiones con la Texas por las sierras de Sevilla y Cádiz. De Alfonso son algunas de las primeras fotos que tengo de la Texas y que revelábamos en el “laboratorio” que tenía en mi habitación de estudiante. Él vivía en Jerez y muchos fines de semana aprovechaba que yo venía a Cádiz y se venía conmigo hasta Jerez. Una noche nos quedamos sin gasolina y tuvimos que empujar la moto durante varios kilómetros hasta encontrar una gasolinera, así que en esa ocasión parte del viaje lo hizo andando… menos mal que no le cobraba nada por llevarlo.
Fotos que me hizo Alfonso en Sevilla
En otra ocasión fuimos a ver el Rally Torre del Oro que se desarrollaba en las sierras Norte de Sevilla y de Aracena. La moto tenía apenas unas semanas y, ya fuera por el tiempo que estuvo en el concesionario sin vender, o por otra causa, ese día sufrimos un pinchazo cerca de Aracena. Menos mal que también venía con nosotros Agustín, que también estaba en la misma residencia y se llevó la rueda a reparar al taller más cercano. Ya en el camino de vuelta a Sevilla se le rompió el cable del acelerador y tuve que hacer más de cien kilómetros tirando del cable con la mano para poder acelerar.
En la foto, entre los R8 aparcados, se aprecia la rueda de la moto desmontada y a la izquierda se ve un poco la Bultaco Junior de Agustín. había que esperar a que pasaran los coches del Rally para poder ir a buscar el taller.


Otro día fui a un sitio donde solían quedar los aficionados sevillanos para las salidas todo terreno, pero no encontré a nadie y me aventuré a seguir sólo por donde me habían indicado que iban. La verdad es que disfruté mucho, pero llegó un momento en que el sendero que estaba siguiendo paralelo al cauce de un riachuelo, prácticamente desapareció y caí en el agua… menos mal que tanto la moto como yo quedamos de pie, pero no la podía sacar del cauce. Recordé que cerca de allí me crucé con un lugareño que estaba con un burro. Caminé hasta él y muy amablemente me ayudó a sacar la moto del agua por el otro lado del río y me indicó el camino que podía seguir hasta la carretera más próxima. Por un tiempo se me quitaron las ganas de aventuras campestres en solitario. 

Pocos tiempo después, fui desde Sevilla con Alfonso y otros compañeros de estudios a Olvera, en la provincia de Cádiz, para pasar unos días en el campo con una tienda de campaña. Alfonso y yo íbamos en la Montesa y los demás en autobús y dormíamos en una colina cerca de Olvera. 




Desde allí hice varias excursiones con Alfonso para buscar la línea de ferrocarril de Jerez a Almargen, pero no pudimos encontrarla. La buscábamos por el nordeste y estaba en el oeste… Esta línea se conoce actualmente como Vía Verde de la Sierra y es perfectamente transitable a pie o en bici y es muy interesante, pues conserva túneles y viaductos, así como estaciones y otras instalaciones. Luego llegué a recorrerla en gran parte ¡por fin! con la Yamaha Superténéré que tuve en los años ’90 antes de que la convirtieran en Vía Verde y ya como tal, la he recorrido un par de veces en bicicleta.

Buscando la vía del ferrocarril abandonado

Camino de Olvera

En la Universidad de Sevilla se organizó un Cursillo de divulgación del Trial en las que el campeón Pedro Pi, que desarrolló la Montesa Cota, y el entonces Campeón Mundial de la especialidad, Rob Edwards daban unas charlas-coloquio y al día siguiente unas clases prácticas en una localidad próxima a Sevilla. También presentaron los últimos modelos de la marca: King Scorpion Automix y Rápita Automix que llevaban como novedad el engrase con depósito separado y bomba de aceite que era toda una novedad en España. Por entonces ya estaba estudiando en Cádiz y acudí con Rita en la Montesa Texas. Resultó muy interesante y además nos permitió pasar un fin de semana en Sevilla. Pero las clases prácticas (a las que fui con la Texas) resultaron un poco frustrantes. Entre que el trial no es lo mío y que la Texas no era la moto adecuada, tuve una caída en la que rompí el faro y que me quitó las ganas de seguir haciendo “el cabra”. Además, teníamos que volver a Cádiz con la moto. 

Pedro Pi en el cursillo de Sevilla

Descansando a la vuelta de Sevilla

Con la Montesa Texas hice muchas excursiones por la Sierra de Cádiz en incluso algunas de todo terreno:


En Grazalema






Durante una excursión campera



 y también algunos viajes como el que realizamos Antonio y yo a Sierra Nevada para ver una subida automovilística 






Antonio y la Texas en el Veleta


pero sobre todo, el mayor viaje que hice con la Texas fue una casi Vuelta a España inolvidable que he incluido en este mismo blog y podéis leer pinchando aquí.

Rita con su Montesa Cota y yo con la Texas



Después de ese viaje, la Texas se me quedaba pequeña y al mismo tiempo me iba picando el gusanillo de la velocidad, por lo que la vendí y con ese dinero y con el de unas clase particulares que iba dando, me pude comprar una Bultaco Metralla Mk2 de segunda mano pero muy nueva. Pero antes me atreví a correr una prueba de moto-cross en Chiclana con mi querida Texas (en la categoría de 250 cc) en la que quedé 6º y último clasificado, pero al menos terminé las dos mangas entre Bultaco Pursang y Montesa Cappra.


Entrenando con la Texas

Compitiendo con la Texas en Chiclana


Después de venderla, le perdí la pista durante muchos años, hasta que recibí ¡oh sorpresa! un mensaje de un lector del blog que me dijo que la tenía. Se trataba de mi ya amigo Pelayo, buen coleccionista y restaurador (de motos y de restaurante) que la tenía expuesta en lugar preferente de su colección en el pequeño museo de motos-tienda gourmet de productos gaditanos Pelayo Gourmet Cádiz que tiene en la calle Cobos de Cádiz. Recientemente me enteré que la vendió.

Continuará...


miércoles, 4 de agosto de 2021

LA MOTO Y YO (Memorias de un motorista aficionado). 3ª Parte

 

BULTACO METRALLA MK2 ¡CÓMO CORRÍA!

La Metralla la tuve poco tiempo, no llegó al año, pues no encontraba compañeros para excursiones y resultaba un poco incómoda para aquellas carreteras de la Sierra tan bacheadas. Además, ya estaba estudiando en Cádiz después de mi aventura sevillana y ahora había que "hincar los codos" de verdad para recuperar la credibilidad, lo que me dejaba poco tiempo para la moto. Aún así la disfruté bastante, pero me resultó un poco decepcionante. No es que la moto en sí me decepcionara ¡qué va! Más bien me sentí engañado por la publicidad y el catálogo de Bultaco, donde indicaban que su velocidad máxima era de 164 km/h…

Con la Bultaco Metralla con la indumentaria de la época para ir por ciudad

Yo la cronometré a casi 150 km/h y la verdad es que ya estaba bien, teniendo en cuenta que estábamos en 1974, las carreteras que había, los neumáticos que llevaba, etc. Pero no dejaba de ser un engaño. Luego me enteré que en Bultaco decían que la velocidad del catálogo la alcanzó con un piloto de la fábrica con mono de cuero y un desarrollo diferente al de serie (y alguna cosa más, añadiría yo). Y eso que mi Metralla tenía manillar bajo y el asiento rebajado, con lo que se supone que tendría mejor aerodinámica. Además era de la última serie, que montaban un carburador AMAL concéntrico que por lo visto iba mejor que el de las primeras. 


Hablando del carburador, la Metralla gastaba casi 10 litros a los cien kilómetros si le pegabas como ella “pedía” y cuando la compré, si la usaba mucho para callejear, engrasaba la bujía. Para evitarlo, tenía otra bujía más “caliente” y además le bajaba una ranura la aguja de la campana y si iba a salir por carretera, le ponía la bujía más fría y volvía a subir la aguja, con lo que evitaba los problemas. Creo que el anterior propietario tocó algo el motor o al menos la culata del mismo. De todas formas, era suficiente para salir victorioso de algunos “piques” con los americanos de la Base de Rota que disfrutaban de la Triumph, Norton o BSA que se quedaban maravillados con la aceleración de la Metralla. Además, esos problemas de carburación se terminaron cuando empecé a utilizar para la mezcla, aceite Finamix 3.


La Metralla "Kit América" de mi amigo Ramón Puyana

¡UNA MOTO CON MARCHA ATRÁS!

Lo de que tenía la culata “tocada” o sea, rebajada para aumentarle la compresión, me lo hizo pensar lo que me ocurrió esperando en un semáforo en rojo. Bueno, mejor cuando se puso verde: mientras esperaba, noté una explosión rara y el motor un poco más brusco y cuando puse la primera para salir y solté el embrague, la moto salió…¡para atrás!. Por lo visto había hecho un autoencendido tan brutal que se invirtió el sentido de giro. Sí, sí eso es posible en los motores clásicos de dos tiempos. De hecho algunos barcos antiguos equipados con motores Diesel de dos tiempos, no tenía inversor, o sea, marcha atrás y había que parar el motor y arrancarlos al revés. Pero la sorpresa que me llevé fue enorme y el dolor que me produjo en mis partes nobles el impacto contra el depósito de la Metralla, más enorme todavía.

UNA METRALLA MUY ESPECIAL

Estando de viaje en Barcelona, con ocasión de las 24 Horas de Montjuich de 1973, pude fotografiar una Bultaco Metralla muy especial, en las inmediaciones del circuito. Al parecer era un prototipo de fábrica del futuro modelo. El motor, tubo de escape, faro, relojes, guardabarros, horquilla delantera, intermitentes, manillar y quizás el asiento, creo que eran similares a los que luego llevaría la Metralla GT de 1975, sin embargo el chasis, depósito y caja de herramientas eran similares a los de la Mk2.

La Metralla "prototipo" aparcada en la Avda. Reina Mª Cristina de Barcelona


DE "CARRERITAS" CON LA METRALLA

En algunas ocasiones unos aficionados de Cádiz que también tenían Metralla y alguna moto más que no recuerdo, “entrenaban” en un polígono industrial los sábados por la tarde. Y claro, allí estaba yo con mi flamante Metralla Mk2. Uno de esos aficionados era bombero, por lo que tenía buena relación con la Policía Municipal y conseguía que los guardias cerraran al tráfico durante unas horas algunas calles del polígono, por lo que se corría con cierta seguridad. Recuerdo que iba bastante bien y eso me animaba, pero a la salida de una de las curvas había una farola que la veía cada vez más cerca y eso me hizo cortar un poco y decidí no volver por allí. Creo que lo mismo pensaron los municipales, porque tampoco volvieron para cortar las calles. 

Imágenes de mi amigo Manolo, entrenando con la Bultaco TSS y la Derbi RAN en otro polígono cercano del que hablaré más adelante:










Pero me quedó el gusanillo de la competición, aunque mi padre lo atajó rápidamente y me dijo que si quería correr, lo hiciera en moto-cross.

Así que poco tiempo después cambié la Metralla por una Bultaco Pursang de segunda mano que le compré al piloto chiclanero José Verdugo Baro "El Gordito", que tenía una tienda de motos con el mismo nombre.

La matrícula de la Metralla era CA-93766. Lo digo como el que lanza un mensaje en una botella... por si alguien que la conozca actualmente lee este artículo, ¡quién sabe!. Así encontré "mi" Montesa Texas 40 años después.


martes, 3 de agosto de 2021

LA MOTO Y YO (Memorias de un motorista aficionado). 4ª Parte

 

LA CABRA SIEMPRE TIRA AL MONTE: BULTACO PURSANG Mk6

 

Ya dije que no encontraba compañeros para hacer excursiones con la Metralla, unos estaban en el Servicio Militar, otros vendieron la moto y pensé que con una moto de cross podría divertirme en el campo y de paso competir en carreras por la provincia. Rita (que por entonces tenía una Montesa Cota 49) me vio tan entusiasmado que me regaló un remolque para dos motos con el que poder desplazarnos. El problema es que no tenía coche, pero le puse un enganche al Simca 1200 de mi hermano Jose y me lo prestaba de vez en cuando para ir con la Pursang a entrenar o a las carreras. Hice varias en Sevilla, Jerez, Chiclana y sobre todo en la Base de Rota. 

El remolque, en el Simca 1200 de mi hermano.

Finalmente mi padre me regaló un Simca 900 proveniente de la autoescuela y le puse un enganche para el remolque, con lo que ya nos resultaba más fácil trasladar las motos para hacer pequeñas salidas por el campo acompañado por Rita y por supuesto para entrenar y acudir a las carreras.

La Pursang en el remolque, ya instalado en el Simca 900

El remolque con la Pursang y la Cota de Rita


En una prueba de moto-cross en Jerez, valedera para el Campeonato de España en la que los Junior hacíamos de “teloneros” de la carrera del Campeonato, coincidí con Toni Elías (padre) que también era Junior entonces y por poco lo tiro, bueno fue “sin querer”. Cuando Elías iba a doblarme, justo antes de un pequeño salto, se me quedó la moto como en punto muerto porque se había roto la cadena primaria de la transmisión y nos tocamos los manillares, menos mal que no llegó a caerse.

También competí en Sevilla en una de esas carreras patrocinadas por El Corte Inglés, en la que no pude terminar porque en una caída se rompió el pedal del freno y no quise seguir en esas condiciones. A esa carrera asistí con mi hermano y las respectivas novias y recuerdo que con el dinero de la prima de salida nos pegamos una buena comida en una venta con angulas incluidas.

En la carrera de Sevilla

También corrí en Chiclana, donde me gustaba ir porque la gente del Moto Club Chiclanero era muy amable. Ya antes había participado allí con la Montesa Texas e incluso en otra ocasión con una Bultaco Lobito que me prestó un amigo. El circuito era muy curioso porque estaba prácticamente metido en el pueblo y a algunas carreras acudían los mejores pilotos de España.

En los boxes del circuito de Chiclana

Con la Lobito en Chiclana

Dos imágenes de mi participación en Chiclana con la Pursang



Al poco tiempo me tuve que ir a “la mili” a Obejo (Córdoba) y cuando volví al cuartel a Cádiz me dijeron que estaba prohibido montar en moto. Se acabaron las carreras… 

Pero me enteré de que en la Base de Rota los americanos organizaban carreras en un magnífico circuito de moto cross donde no hacía falta licencia para correr y además en el cuartel no se enteraban. A propósito de que no se enteraban: un domingo fui al lugar donde solíamos entrenar, a ver a un amigo que estrenaba una Montesa. Improvisamos un circuito donde anteriormente hubo un camping del Vespa Club de Cádiz, situado junto a la vía del tren. Muy amablemente me la prestó para que diera unas vueltas y no me pude negar. Iba vestido “de calle” con unos vaqueros y unos zapatos “castellanos” y ¡sin casco!. En una de las rectas que estaba muy bacheada, el manillar empezó a oscilar como es natural, pero lo que no era natural fue que ¡de repente se salieron los puños del manillar!. Allí me vi rodando de pie en la moto y suelto de manos, involuntariamente… el batacazo fue inevitable porque además los pies, elegantemente calzados con esos magníficos mocasines, se me resbalaron de los reposapiés. Total, contusión fuerte en la rodilla y magulladuras generalizadas. Estaba hablando del cuartel ¿no?. Pues entre los espectadores ocasionales que acudían los domingos al “circuito” a ver saltar las motos estaba el capitán de mi Compañía que el lunes me estaba esperando “con la escopeta cargada” (es un decir). La verdad es que no me dijo muchas cosas y sobre todo, no me arrestó. Pero se enteraban...


Entrenando en el circuito del Camping Vespa situado a la entrada de Cádiz


Y volviendo al circuito de la Base de Rota, las carreras eran en domingos alternos y constaban de tres mangas de 30 minutos, cuando en España solían ser de dos mangas de 20 minutos, por lo que eran una auténtica paliza. Pero nos gustaba ir a Rita y a mí porque en el mismo circuito ponían un quiosco donde vendían hamburguesas, perritos calientes y latas de cerveza, que aún no se veían en España. Además, los yanquis nos trataban muy bien y había mucho compañerismo. En la Base normalmente no podían entrar civiles, pero como el circuito estaba muy cerca de la valla que la delimita y también de la carretera de circunvalación, en cuanto los americanos nos veían con el remolque y la moto, nos hacía señas para que fuésemos a la puerta de acceso a la Base y allí nos gestionaban un pase para todo el día. Cuando terminaban las carreras nos íbamos al restaurante de la Terminal del aeropuerto militar y comprábamos latas de cerveza y otras cosas que no había en las tiendas españolas.

En una de las carreras en la Base, en un salto de 4ª marcha noté que la rueda delantera estaba inclinada y sin embargo el manillar iba recto… antes de poder pensar nada me vi en el suelo y con la sensación de haber perdido los dientes y un cierto dolor en la pierna. ¡Se había roto el eje delantero! por lo que después del salto aterricé con la horquilla delantera clavada en los radios de la rueda. El circuito era muy largo y con muchas variantes para cambiar el trazado cada semana y la caída fue en un lugar apartado y un poco escondido. Yo estaba como asfixiado y quería quitarme el casco pero no podía… finalmente llegaron otros pilotos y junto con un fotógrafo que estaba por allí me auxiliaron y pude respirar. No tenía nada roto, solamente una buena hinchazón debajo de la rodilla (la misma rodilla del día de la Montesa de los puños sueltos) y la boca hinchada. Después de eso pensé que las carreras de motocross no eran lo mío y sólo utilicé la Pursang para divertirme por el campo o “entrenar” sin mayores pretensiones. 









Como expuse anteriormente, el circuito donde entrenábamos estaba junto a la vía del tren que carecía de alambradas de protección, aunque estaba algo sobreelevada y ¿sabéis qué había al otro lado de la vía? Pues un polígono industrial sin edificaciones donde solía entrenar mi amigo Manolo con la Bultaco TSS y la Derbi RAN de las imágenes. Algunas veces, cuando estaba en el circuito de cross con mi Pursang, se oía la moto de Manolo que estaba entrenando en el polígono del otro lado de la vía férrea y como me tiraba más la velocidad, cruzaba la vía y nos echábamos unos piques, él con la TSS y yo con la Pursang. La cosa estaba muy igualada, pues el circuito tenía rectas muy cortas y el desarrollo de la Pursang era más adecuado y dado que había mucha arena y gravilla suelta por algunas zonas, la moto de cross resultaba más adecuada, a pesar de las ruedas de tacos y de los frenos tan precarios para el circuito de asfalto. Total que me pasaba unas tardes de sábado de aúpa, sin el agobio de una competición oficial.


Manolo con su Bultaco TSS refrigerada por agua

Antes de terminar “la mili”, como no podía correr, colaboré con el Moto Club Gaditano, o sea, con Daniel Ibáñez, en la organización de una carrera en un nuevo circuito en el mismo recinto del Camping Vespa. Incluso me subí en una máquina excavadora para darle instrucciones al operario de por dónde iba a ir el trazado y los saltos que tenía que construir. No pude correr, pero fue una carrera inolvidable y además era la primera vez que se organizaba una carrera de moto-cross en la ciudad de Cádiz.

Autorización para la primera carrera de moto-cross en Cádiz

 

José Verdugo "El Gordito" uno de los participantes en la 1ª carrera de Moto-Cross de Cádiz, en un salto del circuito del Camping Vespa y a quien le compré la Pursang

Cuando Rita y yo nos casamos, vendimos las motos, el remolque y el Simca 900 para comprarnos un Citroën GS nuevo y ahí empezó un periodo de dos años en el que estuve sin moto, pero la afición no disminuyó y seguía leyendo revistas de motos españolas y francesas y por supuesto asistiendo como espectadores a todo tipo de carreras

En un viaje con el Citroën a Madrid, para ver un Gran Premio de España de 1978, me impresionó la Ducati Desmo 500 (bueno y muchas más, pero la Desmo la veía asequible) y poco tiempo después la compré, terminando así el bienio sin moto.