viernes, 6 de agosto de 2021

LA MOTO Y YO (Memorias de un motorista aficionado). 1ª Parte

 

Escribiendo ésto, pretendo plasmar en un papel (y también en este blog) mis vivencias en moto, sobre todo con el fin de que no se me vayan olvidando, pero también, por si hay alguien que le interese, pueda conocerlas. En conversaciones con amigos y familiares he ido contando muchas de esas batallitas y me daba cuenta de que seguían los relatos con interés y que según las relataba me iba acordando de más; debe pasar como con los chistes que se cuentan en grupo.

Como veréis si aguantáis hasta el final, estas memorias no son las andanzas de ningún aventurero empedernido ni los logros de un empedernido piloto de motos, pero las he querido contar antes de que se apodere de mi cerebro esa enfermedad de cuyo nombre no quiero acordarme y que tiene una "H" intercalada y que mis hijas, hijo y nietas comprendan por qué me sigue apasionando el mundo de la moto y del motor en general.

Esto es sólo una parte de mi vida; no creáis que soy un frívolo por hablar solo de cosas más o menos banales de mi existencia. Por supuesto que otras facetas de la misma como mi vida sentimental, familiar o laboral, han sido y son mucho más importantes para mí. Pero hablar de este aspecto de mi vida, más banal si queréis, como es la afición o más bien pasión por la moto, me resulta más fácil y puede que también sea más atractivo para el que lo lea. Así que me puse a escribir…

LOS COCHES CREO QUE ME GUSTABAN ANTES

Desde que tengo uso de razón, la moto ha estado presente en mi vida, pero han sido los coches los que han centrado mi afición desde pequeño. En mi familia siempre ha habido coches, como para no haberlos… siendo mi padre el fundador de la primera autoescuela que hubo en Cádiz. Y la fundó cuando yo apenas tenía tres años, así que en mis primeros recuerdos siempre ha habido un automóvil.

Mi padre (izquierda) con el primer coche de la Academia San Cristóbal



Ahí estoy en un Rally de coches antiguos que organizó mi padre

Por supuesto que me gustaban las motos. Cuando veía pasar una de las escasas motos que había en Cádiz cuando era un niño, se me iba la vista detrás. También al verlas estacionadas me quedaba contemplándolas. En mi niñez, viví una de las épocas doradas de la moto en España. Había muchísimas marcas de motos y algunas muy importantes, Montesa, OSSA, MYMSA, ROA, Peugeot, Sanglas, Vespa, Lambretta, Lube, Sanglas, Ducati, etc. Incluso Viví, sin ser consciente de ello, el nacimiento de Bultaco. Me gustaban mucho las Ducati y ese detalle de poner la cilindrada en la parte alta del motor... lo veía de categoría y por no hablar de su sonido. Por si fuera poco, mi padre estaba muy relacionado con el Moto Club Gaditano y también con el Vespa Club e incluso fue representante en Cádiz de la marca MYMSA y de las motos Peugeot, por lo que con cierta frecuencia había motos en casa. Incluso nos llevaba a toda la familia a ver las carreras que se organizaban en Cádiz, Algeciras o Jerez. 

Recuerdo algunas de ellas como una “gynkana” en la plaza de toros de Cádiz o una carrera de motos en Algeciras que vimos debajo de la tribuna de tubos y por supuesto en Jerez. Desde muy niño y por los comentarios que escuchaba, ya distinguía en las carreras, por su sonido, las motos de cuatro tiempos de las de dos tiempos. Estas últimas eran más ligeras y rápidas, pero las otras eran más poderosas y pesadas, más o menos como aquello del mastín y el galgo. ¿Cómo era?  ¡Ah sí! “Más corre el galgo que el mastín… pero si el camino es largo, más corre el mastín que el galgo”.

MIS PRIMEROS VOLANTAZOS

Sin embargo, aprendí o, mejor dicho, mi padre me enseñó antes a conducir un coche que una moto (bueno, también creo que es lógico para un niño, máxime cuando en aquella época no había motos infantiles) y eso me llevó a entusiasmarme antes por el volante que por el manillar. Tenía ocho años (en 1960) cuando conduje por primera vez y me refiero a manejar no sólo el volante sino a utilizar los pedales y la palanca de cambios. Fue con el Renault Dauphine matrícula CA-20802 que tenía mi padre para la autoescuela y lo llevé desde el cruce de El Berrueco en la carretera de Chiclana a Medina hasta la Venta El Pájaro en el mismo centro de Chiclana, pues antes las carreteras pasaban por el centro de los pueblos. Recuerdo que adelantamos a una Lambretta en la que iba una pareja. Imagino la cara de ambos al ver el coche conducido por un niño que miraba por debajo del volante y que tenía la osadía de adelantarlos. Bueno, osadía la de mi padre…

Se puede decir que yo aprendí a conducir mirando. Me gustaba mucho ver manejar y afortunadamente tuve un buen modelo donde fijarme pues mi padre conducía de maravilla y con una gran suavidad y además le gustaba correr, cosa que me encantaba. 

Desde muy pequeño, hablo de los años '50 del siglo pasado, en los viajes familiares de Cádiz a Medina del Campo, me ponía de pie tras los asientos delanteros, en el centro mirando la carretera y los movimientos de mi padre con las manos y pies o, ya sentado, me gustaba ir mirando los mapas de carreteras y viendo por dónde íbamos.

De viaje en el 600

Luego con apenas nueve o diez años me dejaba conducir, incluso el Seat 1400 C matrícula CA-24801 que me parecía enorme y se empeñaba en que también lo hiciese con suavidad y sin tirones y creo que lo consiguió. Bueno, debo decir que mi padre fue un gran modelo para mí, no sólo conduciendo.

LA BICI, UN PASO PREVIO A LAS MOTOS

Un poco antes de aquella experiencia al volante, mis padres me regalaron una bicicleta y con ella aprendí a usar un manillar y a aguantar el equilibrio, aunque no se podía decir que fuese un virtuoso de las dos ruedas ni mucho menos; mi hermano Jose, al que trataba de imitar durante mi niñez, como decía mi admirado Serrat, tenía más facultades innatas para ello. Eso sí, voluntad le ponía y estuve los primeros días intentando montar por el pasillo de casa, con gran disgusto de mi madre al ver unas cuantas macetas seriamente dañadas. 

Años después (sobre 1967) y varias bicicletas más tarde, tuve la fortuna de poseer una “de carreras” con la que ya me gustaba hacer excursiones con los amigos, sobre todo con Antonio, por carreteras cercanas a Cádiz. Incluso en algunas de esas excursiones nos quedábamos a dormir con la tienda de campaña en sitios como la playa de La Barrosa o Cabo Roche. Esa afición por las excursiones la mantuve más tarde con las motos, pero no adelantemos acontecimientos.

En una carrera de bicis en el colegio

PRIMERA EXPERIENCIA EN MOTO

Creo que la primera experiencia con una moto (bueno, un “velomotor” como se llamaban entonces) fue con unos 12 años en un patio ajardinado no demasiado adecuado para un principiante. Allí estaban mi hermano Jose y su amigo Ramón, el poseedor del entonces maravilloso (y altísimo para mí) velomotor GAC- Mobylette y también su hermano Luis.

Una Mobylette como la de mi primera experiencia


Ramón y Luis eran hijos de Teo y Pilar, también muy vinculados al mundo de la moto y que, al igual que mis padres, tenían cuatro hijos y ambas familias hacíamos juntos excursiones e incluso viajes largos con cierta asiduidad y a muchas de las carreras de las que cité antes, asistíamos todos.




Las dos familias y los coches respectivos, en Despeñaperros


El caso es que aquella primera experiencia no me dejó buen sabor de boca, pues me tragué una de las jardineras que había en el patio y, lo que es peor, los hierros que la delimitaban, al no poner muy de acuerdo el puño de acelerador y los frenos. Así que decidí dejar aparcado mi intento de pilotar una moto para una mejor ocasión con gran contrariedad de mi hermano. Creo que ya no fue hasta los catorce años, con otra Mobylette, de un repartidor de un “refino” cercano a casa, cuando volví a montar en una moto. Unos amigos y yo se la pedíamos prestada con la condición de devolvérsela con el depósito lleno, aunque en alguna ocasión gastábamos más gasolina de la que echábamos, con el consiguiente cabreo del propietario.

Un poco más tarde, iba con Antonio u otro amigo al garaje donde estaban guardadas las motos de la autoescuela de mi padre y cogíamos una Moto Guzzi Lario 110 o una Vespa 125 y dábamos vueltas por Cádiz (supongo que esos “delitos” habrán prescrito ya…).

MI PRIMER CARNÉ DE CONDUCIR

Esos kilómetros que hice con las motos de la autoescuela me sirvieron para obtener fácilmente a los dieciséis años mi primer carné de conducir, el Permiso A-1, con el que podía conducir motocicletas hasta 75 c.c. (En la actualidad el A-1 permite hasta 125 c.c.).

Había que hacer un examen teórico que era el mismo que se hacía a los dieciocho años para el carné de coche y de motos “grandes”, por lo que ya no tendría que hacer ese teórico nunca más. También había que hacer el examen práctico entre los palos en una pista lo que, aparte de los nervios propios de la edad y de la situación, no me supuso mucha dificultad. Eso fue en el mes de julio de 1968, recién cumplidos los 16 años. En los meses posteriores seguía “practicando” con las motos de la autoescuela hasta que finalmente me regalaron mi primera moto.

Pista de prácticas donde me examiné del carnet A-1


POR FIN MI PRIMERA MOTO, LA VESPA 75 C.C.

Desde que saqué el carnet y ya con el título de Bachiller Superior en el bolsillo, estuve "dando la vara" a mi padre para que me regalara una moto. No quería un ciclomotor (recuerdo que acababa de salir al mercado el Vespino), lo que yo quería era una moto sin pedales y en la que pudiera llevar un pasajero o mejor una pasajera. Ese curso estaba en Preu y había algunos compañeros que tenían ciclomotores como Torrot, Mobylette, Derbi y un par de ellos tenían sendas Vespa 50. A mí me gustaban la Derbi 75 Gran Sport c.c. y también la Bultaco Lobito de la primera serie (la amarilla aún no había salido) pero mi padre no estaba por la labor y pensaba regalarme una Vespa 75 c.c. que tampoco estaba mal, pero era difícil de encontrar por aquel entonces. No era como ahora, que da gusto ver esas tiendas de motos llena de modelos para todos los gustos y para practicar todas las facetas del motociclismo. 

Entonces, hablando de motos que se podían conducir con 16 años, en Cádiz estaban el concesionario Vespa y también Motos Castro donde se vendían los ciclomotores Torrot. También estaba Moto Sport que era el antiguo concesionario de Lube y que tenía alguna moto de esa marca ya desaparecida entonces, pero descatalogados y antiguos. También algunos talleres te podían traer alguna moto a través de algún concesionario de Jerez, pero yo no lo sabía. Con mi impaciencia por tenerla ya, le dije a mi padre que me conformaba con una Vespa 50 que había en el concesionario, pero él me convenció para que siguiera esperando a que llegara la de 75 porque merecía la pena. Finalmente, después de tres meses de espera, en la Navidad de 1968 llegó una flamante Vespa 75 al concesionario de Cádiz que sería para mí. Y la verdad, mereció la pena.

Posando feliz con la Vespa 75

Los primeros días no paraba de montar en moto, como en Preu sólo teníamos clase por las mañanas, me pasaba las tardes dando vueltas. Recuerdo que con los cinco litros que cabían en el depósito, hacía 150 kilómetros y tenía que repostar un día sí y otro no. Menos mal que, gracias a la generosidad de mi padre, iba a la gasolinera y firmaba un vale que después se lo cobraban a él. Así, sobre todo al principio, hacía unos 2.000 kms mensuales a pesar de que era invierno y tenía clases. (Así me fue al final de curso...). Incluso a finales de enero (creo que hubo un puente por Santo Tomás de Aquino) organicé una excursión con tres amigos del colegio, que tenían Torrot, a dormir en Alcalá de los Gazules con una tienda de campaña. No paró de llovernos y hasta se nos inundó la tienda, pero ello no fue impedimento para nuestra aventura, tan sólo una incomodidad. Incluso nos dimos muchas vueltas por carreteras y caminos de alrededor de Alcalá, con parada por parte de una pareja de la Guardia Civil a Caballo, incluída. Estaba claro que no quería la moto sólo para pasear con mi novia por Cádiz… mis “metas” viajeras eran más altas.



Así que, cada vez que podía, bueno en los fines de semana, me iba de excursión por la provincia y en verano iba de camping con Antonio y otros amigos (que iban en tren) a distintas playas de la provincia. En una ocasión, al pasar por el centro de Chiclana para ir a la playa de La Barrosa, iba sin camisa porque hacía mucho calor (creo que entonces le tenía puesto a la Vespa un parabrisas) y el policía municipal que regulaba el tráfico en el cruce de “El Pájaro” me paró y me dijo: “¿tú qué te crees, que estamos en Nueva York?” y ante mi extrañeza añadió: “ponte la camisa si no quieres que te multe”. ¡Cómo cambian las cosas!...

También fuimos Antonio y yo a ver una carrera a Jerez por primera vez de forma “autónoma” o sea por nuestra cuenta. Y no fue una carrera cualquiera, sino el Premio de la Merced al que acudía Ángel Nieto por primera vez como Campeón del Mundo de 50 c.c. con Derbi. A partir de ahí tampoco falté a las carreras de Jerez.

En mayo de 1970 se celebró en Cádiz el Rally Carranza (de coches) y como conocía el rutómetro, me fui con Antonio a recorrerlo. También venía su primo Luis, al que conocía desde pequeño en el colegio, con su Vespa 50 (no recuerdo quién llevaba de “paquete”). El Rally constaba de más de 200 kilómetros con una parte del recorrido por carriles de tierra, con lo que era una buena paliza para nosotros y nuestras sufridas Vespitas. Lo cuento porque después de aquello Luis se fue de Cádiz durante bastantes años y perdimos el contacto. Sin embargo, hace unos cuatro años que volvimos a reunirnos y con nuestras motos actuales salimos prácticamente todas las semanas con los Moteros Jubiletas e incluso hemos hecho viajes largos (de varios días). Pero no adelantemos acontecimientos.

VESPA, UNA MOTO PARA TODO

Con la Vespa rodé unos 50.000 kilómetros en los poco más de tres años que la tuve, haciendo como digo buenas excursiones, pero también la utilizaba para hacer “motocross” y lo que hiciera falta. Recuerdo los recorridos que hacía por “Las Canteras” de Puerto Real en los que mis amigos se turnaban de “paquete” para ver quién aguantaba más tiempo sin acojonarse, dando saltos y derrapadas. Ahora lo recuerdo y me parece imposible y también una locura.

No se me puede olvidar un viaje que hice a Sevilla para estar con Rita, mi novia, que pasaba las Navidades y el Fin de Año 1969 en la casa que tenían sus padres en la capital hispalense. Con gran convencimiento por mi parte (no exento de algo de chulería propia de la edad y del enamoramiento), le prometí que el día 2 de enero iría a verla. Cuando levanté la persiana por la mañana no me lo podía creer… llovía a cántaros. Ello no fue "óbice ni cortapisa o valladar" (como decía un profesor que tuve) para que no cejara en el empeño de ir a Sevilla ¡no le podía fallar!. Incluso mi madre, viendo mi determinación para salir con la moto, no puso gran impedimento y en un momento que escampó el chaparrón salí hacia Sevilla. Como era de esperar no dejó de llover en todo el trayecto y recuerdo dos detalles: una parada en una venta cerca de El Cuervo para tomarme una copa de ponche (tenía 17 años) y que al llegar a Sevilla paré en el primer semáforo de La Palmera y me puse a escurrir los guantes ante el asombro del conductor del coche que estaba a mi lado. La indumentaria que llevaba era poco motorista y sobre todo inadecuada para un día como aquel: un anorak, guantes eso sí, zapatos y unos pantalones de pana negros recién estrenados que por supuesto estaban empapados. Por supuesto de casco, nada.

Había quedado con Rita en la Plaza de San Francisco y allí estaba ella puntualmente cuando llegué. Nos fuimos enseguida a un bar y entré rápidamente al servicio para secarme algo y entonces vi que tenía las piernas y los calzoncillos totalmente negros… porque la pana había desteñido, menos mal que no se notaba. Gracias a la calefacción del local y al buen rato que pasamos allí pude secarme y afortunadamente cuando Rita tuvo que regresar a su casa no llovía y la llevé en la moto. Cuando llegamos, estaba su cuñado en la puerta y me dijo que subiera. Debo aclarar que nunca había subido a casa de mi novia y tampoco había hablado con sus padres, por lo tanto, aquella iba a ser mi presentación en familia… y con aquella pinta. Subí y allí estaban no sólo los padres de Rita sino también sus abuelos además de la hermana de Rita y el cuñado. Aparte de llamarme loco por haber viajado en la moto un día así, creo que les caí bien e incluso mi futuro suegro me dio el plástico con el que venía envuelta el frigorífico que acababan de estrenar para que me sirviera de impermeable en el viaje de vuelta. Así que le hice un agujero por la parte de arriba para sacar la cabeza y me lo puse (pero en la calle). Y la verdad es que me sirvió y lo traje puesto hasta Cádiz.

Más adelante, cuando estuve estudiando en Sevilla, también utilizaba la Vespita para ir los fines de semana a Cádiz pero el viaje resultaba un poco penoso, sobre todo cuando volvía de noche, por lo que lo alternaba a veces con el autobús.

Pero el mayor viaje que hice, también con Antonio, fue a Madrid, bueno al circuito de El Jarama en la carretera de Burgos, a ver una carrera de coches. Esta “batallita” la he relatado en este mismo blog. Pinchando aquí la podéis leer: De Cádiz al Jarama en Vespa 75

Un descanso en Despeñaperros en el viaje al Jarama


Cuando cumplí los dieciocho saqué el carné de coche y por supuesto el  “A” que me permitía conducir cualquier tipo de motocicleta por lo que ya la Vespa me resultaba pequeña. No tuve que darle mucha lata a mi padre para que me comprara una moto más grande y después de tres años de feliz propietario de la Vespa llegó esa nueva moto.

Continuará...


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